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La señora de lo pequeño

por gatamutante el 09/02/2014 19:34, en La Señora de lo pequeño

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 Prefacio

Aparece en esta narración la palabra Orb, que designa un fenómeno extraordinario y nuestros ojos no pueden ver, debido al escaso espectro de visualización que poseemos. Gracias a la tecnología, una cámara fotográfica u otro dispositivo puede captar lo que se denominan Orbs, que son esferas flotantes que aparecen en sitios tranquilos.Incluyo una definición que no es de mi autoría, sino de una teóloga llamada Yajnavalky, acerca de otra expresión aquí empleada, Aksara. *

Por último, decir que no consigo no hacerlo. Apelo a vuestra imaginación.

 

1. La llegada

Sobre la oscuridad de la noche se formó otra más inquietante aún, amorfa y sin límites definidos, desde la que emanó un esferoide exhalando ancianidad, cuando no habían nacido las estrellas.

La energía utilizada era un misterio para el ocupante del Orb y no delató su presencia siquiera con un destello, ni ruido, ni vibración... Fue un vacío demente y amable forzado a dar un paso, un remolino de pensamiento frío desde los astros negados, descendiendo hacia los túmulos arenosos y los riscos de aquel mundo. Una voluntad rasgando entre espacios.
Y la sombra con seda maldijo al atravesarlo.

Cuando apareció desde la aparente nada, sus labios se agrietaron de golpe, robada la humedad. Deslizó un dedo por ellos, asombrada, y miró en torno a sí, para cerciorarse de que ningún rastro de vida era testigo de la repentina aparición. Supo al instante que era un planeta desértico, semi salvaje y sus papilas gustativas protestaron mientras enviaba las nuevas condiciones a todo su organismo.
Observó con total atención la reorganización interna de su ser, con la fuerza del presente despertando su cuerpo adormecido.

El sendero, apenas perceptible discurriendo entre los peñascos, siendo generosa en llamarlo así, provocó un exabrupto desalentado; no era éste su objetivo. Algo en su rutina mental de concentración-concepción había fallado.Utilizar el Orb como medio de viajar había sido una osadía. Un robo, además.
La aparición se inmovilizó y cesó de cavilar para observar el entorno, como lo haría un animal.
No captó urgencia ni desafío a su alrededor y comprobó que sus asociados estaban con ella. Los sintió en su coronilla colgados de hilos transparentes y otros, diferentes,entre los pliegues del atuendo. La capucha sobre su espalda osciló dejando escapar un suspiro, deteniéndose después en absoluta quietud. Llevaba en cada oído dos pequeñas parejas adormecidas, que se sujetaban aguijoneando sus lóbulos, asemejando pendientes de azabache y, al comprobar por dentro, sintió más vida que el conjunto total de sus células.

-Todo está bien, en esencia.- Su voz acunaba la marea de lo pequeño, que llevaba consigo. En cada muñeca latía un cuerpo enroscado: la suavidad letal. Revestían los músculos de sus piernas, sobre su piel, un manto inquieto de miríadas negras que costaba controlar, los pequeños más caóticos de todos. Para ellos, pronunció en un tono apenas audible:
-Soy la Señora de lo pequeño.-

Todo movimiento sobre ella se detuvo en un instante. Alzó después la mirada hasta el firmamento primitivo y ajeno que la sostenía, desafiando en sugesto que la invalidara, mas pareció que las luminarias titilaban al unísono , un latido de luz en conjunción, un estallido multicolor para iluminar su aquiscencia.
Acomodó su vestimenta, con las dos bolsas que siempre portaba equilibradas sobre el cuerpo. Recordó el principio de la máxima y olvidó el final:"Si lo inesperado acontece..."
Sin rumbo entonces,ya que no esperaba ese destino ni momento, simplemente empezó a descender hacia el valle que adivinaba, sin prisa .
La atmósfera tranquila era una invitación demasiado atractiva y permitió a la engañosa ensoñación su entrada. Evocó el principio e intentó recordar. Tenía un nombre originario, que ella misma negó poco apoco. También tenía otros nombres, sin conseguir atarla, porque el recuerdo nombrado era un engaño producido por el tiempo.

Repentinamente hizo un quiebro para no pisar una vida posada en la arena y se detuvo, complacida. Sacudiendo una manga, entre sus dedos asomó una luciérnaga que iluminó un surco diminuto en la arena, pero al descender la pequeña luz zumbante, ella ya no detectó vitalidad alguna.
-Qué extraño-.Musitó una sílaba desconocida y esperó en vano.
El terreno se allanaba poco a poco y la vegetación , aunque rala y escasa, se presentaba cada trecho. A pocos pasos, un arbusto espinoso enraizaba junto a unas piedras planas y decidió esperar allí mismo hasta el amanecer. Debía meditar acerca de este nimio incidente.
Jamás un ser pequeño había escapado a su escrutinio mental. Nunca . Excepto en...

Sentada en la losa granítica, los recuerdos afloraban desde distancias inimaginables,donde el tiempo ya carece de reglas y dudaba de la misma realidad evocada. La imagen perenne de un refugio fresco en una tierra abundante y generosa, con el murmullo incansable de las aguas, sumergieron a la disidente con suavidad en un perenne recuerdo. Casi podía tocar helechos y mariposas en un edén al borde de un mar bravío, oler campanillas de color del cielo vencido, con una banda dorada robada al sol en sus pétalos, sonriendo a las brumas inesperadas que adormecían los espíritus inquietos al amanecer,para despedirse después apacible y cansadas...
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La primera oleada de calor y la luz implacable la despejó completamente en su asiento de piedra. Los pequeños estaban por el terreno, explorando y volando, saboreando la vida púrpura y verde, esperando pacientes.Les chasqueó un saludo casi inaudible y un coro cacofónico contestó.

Se desnudó completamente, alimentándose así de fotones y aire limpio, de los mismos elementos. Con parsimonia, de la bolsa gris sacó una jarrita de cristal de roca con una sustancia ambarina y bebió un sorbo. Tras saborearlo, de una caja de madera blanca extrajo una barra delgada con forma heptagonal, plateada . En un compartimento interior se encontraba un cuchillo diminuto de filo diamantino, con el que rascó pequeñas esquirlas y las introdujo en su boca. La vida interior lo recibió alborozada y respondieron, actuando al unísono para ella.

El líquido ambarino provocó que su piel exudara diminutas gotas perladas y cerró los ojos, dispuesta para la comunión que iba a suceder a cotinuación. Exultante, llamó a sus huestes diminutas. Cada criatura fue llamada con una sílaba distinta. Cada gota libada reforzaba la unión. Los ojos llamearon a través de sus párpados y detuvo la respiración, esperando la oleada.

Cuando terminaron, acogió de nuevo las perforaciones en ambos lóbulos de sus orejas,se enroscaron en sus brazos los suaves cuerpos y las piernas , de piel color de tierra nueva, se cubrieron de nuevo. Sacudió el pelo de su cabeza , enredando los hilos de seda y rompiendo otros para que no fueran demasiados. Contenta, sin rebeliones, una repentina necesidad de apresurarse la impulsó a saltar y correr entre las piedras, dejando el infame camino a un lado.
Sentía una débil atracción en dirección al sol que asomaba enfurecido, una llamada sin mensaje. Aunque no estuviera dirigida a ella, pues no reconocía el ritmo, acudiría.

 

2. La aldea en el oasis profundo.


Era una rareza, aquel mundo. Aparentando ser inhabitable, poseía un tesoro escondido. Pareciera que la vida se hubiera concentrado en un único lugar, desmereciendo el resto. La belleza exuberante y el aparente caos desbordante en la vida vegetal abrazaba las riberas del río, que aparecía desde una gruta en la montaña y descendía poderosa, jubilosa en su arrastre. La corriente desaparecía nuevamente, después de germinar un vasto jardín salvaje, escondido entre cordilleras abruptas.

-Malekeih, vamos al río! -
El joven levantó la cabeza y respondió sin ganas.
-Cyeh, ya lo ves, no he terminado.-
La pequeña le ayudó a recolectar mientras parloteaba, y una pulla de Malekeih provocó una carcajada divertida. Los niños se encontraban en el campo de frutales, al sur del poblado. Donde miraran, los árboles,fragantes, mecían sus hojas murmurando ritmos alegres.

En el límite del vergel una sombra sonrió. Tan satisfecho reaccionó el Rastreador al descubrir el emplazamiento que si no dejaba escapar saliva era por estar tan vacío, siendo las risas e inocencia su manjar favorito. Sólo de escuchar sus timbres desde el escondrijo, una corriente vital pareció sustentarle. Hedía insoportablemete. Asemejaba un viejo de múltiples trenzas canosas, con arrugas profundas en su faz,sin disimular en su rictus el ansia por entrar hasta la aldea. El aroma de armonía casi no le dejaba sostener su peso, tanto le temblaban las piernas.
Vió a los niños regresar, resoplando por el peso de las canastas llenas de frutos,estremeciéndose ante la pérdida del joven y la risueña Cyeh. Casi rompe su cadena interior y va tras ellos, pero el condicionamiento le ató, por muy poco, a permanecer sin mutar. Inspiró sin aire y se conformó. Había tenido buen instinto. Lanzó su consciencia y envió una risa regocijada y carnívora, sabiendo que antes del anochecer se liberaría por completo.


En ese momento, en la casa situada en el centro del poblado ahora silencioso, dentro de una habitación sin ventanas y embadurnada entera con ceniza fría del ara, Lahe recostaba la espalda en un tronco seco, acomodada encima de una gruesa estera trenzada con cáñamo. Una candela suspendida del techo en el centro de la estancia fijaba sus ojos brillantes y oscuros a la llama oscilante, en la petición de ayuda que enviaba desesperada , agotadas ya todas sus demandas a cualquier poder conocido.
El Rastreador estaba muy cerca y un espasmo la sacudió. Soñaba, sin bajar los párpados, el futuro. El sueño que no era sueño la atormentaba,sabía de un poder atenazando su existencia, aún siendo quienes eran. El orgullo de los adoptivos Rahn la envolvió por un instante,fortaleciéndola, contagiada de su esencia. ¡Eran los...! Estuvo apunto de gritarlo en voz alta y detuvo el pensamiento, la misma respiración, espantada. Leha comprendió que no había servido de nada la huida y el pánico la desbordó por un instante. No podían iniciar un nuevo éxodo, estaban agotados.

Murmuró un desafío al Rastreador, dentro de una disculpa a sí misma:
- Viejo husmeador, hemos sido ingenuos, simplemente-. Habló en voz alta, intentando ahuyentar la comezón que vibraba en su coronilla y espantar el ahogo de su corazón.

 
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Primera parte  del  relato surgido en el Versus 9, con la imagen de las mariposas que elegí, de dos posibles. Conseguí la imagen un día del verano pasado, sabiendo que quizás, si puedo volver este año ya no estén ni las mariposas, ni los helechos, ni los árboles...

Continuará


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