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Planeta gatamutante ( y HAL)

El encargo.

La imagen inspiradora de este relato es inquietante, aunque incluye un acto mundanal y sustancioso...

La imagen, como decía, está en El Universo de las palabras perdidas. Sería de mal fario no pasar...verdad, flaca?


El encargo.


Esta visita despertaba una profunda inquietud en su interior. La figura que hablaba en susurros lánguidos la perturbaba, siempre. Puso en la mesa una taza humeante acompañada de un plato con aros dorados, una de las mejores recetas que conocía para tratar con tal ser, y se sentó enfrente. Siempre se tenía que sentar una enfrente (jamás en tangencial), eso era muy importante, y así mismo, ella camuflaba también su verdadera identidad gracias a la luz, porque en completa oscuridad todo se revelaba.

La primera vez que se presentó, empalideció. La curandera reprime un estremecimiento al recordarlo...Llamaron a su puerta y, al abrir, no vio a nadie en el umbral o en el terreno circundante. Al girarse tras cerrarla, ahí estaba; una figura encapuchada. No quiso calentarse junto al fuego ni sentarse, cuando se lo ofreció. Balbuceaba frases incomprensibles, mientras emanaba poder disimulado. Tras unos momentos, pareció centrarse y le preguntó su nombre. Al decírselo (fue incapaz de resistirse), negó con una sacudida entre sombras y desapareció. ¡Desapareció en un parpadeo!

En su cama, por las noches, llegó a imaginar que el encuentro era uno de sus muchos sueños, ya que su don era ver entre mundos, pero sucedió una vez más, y otra...siempre diferente en sus apariciones, siempre cambiante. Por eso, habitualmente tenía preparada una jarra caliente y un plato de aros crujientes, parecía que le ayudaba a formar una forma humanoide de presentación... Freya así se lo aseguró, antaño.

Ella, pese a ser una sanadora experta, estaba mejor preparada ahora, pues lo que iba a hacer se lo había enseñado también la primera madre, aunque nada era seguro, en realidad. La vista era lo primero que adquiría su visitante, cuando empezaba a tomar una forma sustancial (cárnica, como le gustaba decir). El olfato venía después, y el tacto a continuación...

Empieza el canturreo mental, apaciguador: "Emite calor, acércate. El cuenco lo contiene, como tú. Huele la alquimia ascendente de lo mundano, acerca tus dedos, tócalos..."

La curandera sonríe al advertir que una mano femenina, con las uñas de un color muy acorde a su espíritu, surge de las sombras hechas ropajes y se dirige a uno de los aros crujientes, para degustarlo... Por un momento, sólo un destello difuso y vibrátil en sus ojos, percibe en la transición de las sombras a la luz mortecina de la pequeña habitación, la visión de unos huesos

adelantándose...

Parpadea deprisa, mas la visión permanece. Ahora era cuando la situación se ponía peligrosa. Ha visto unos huesos amarillentos, unos tendones descarnados manchados, y el extremo de sus dedos es el color de la sangre negra, no una uñas decoradas. Agradece el gran capuz que oculta el rostro, prefiere ni atisbarlo.

"No es un descuido ¿de veras quiere que la vea así?... Es hora de su terapia, entonces".

Da un sorbo a su propio café (el mejor de Midgard) y suspira por dentro. El dios tuerto no le paga lo suficiente por sus servicios.

-Bueno, flaca, dime qué tal vas con el asunto de tu amnesia...

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